El boliche “El resorte” y los personajes de JUCECA

Hace unas décadas, boliche significaba:  “lugar de copas y naipes”, “Establecimiento comercial de poca importancia, que especialmente se dedica al despacho y consumo de bebidas y comestibles”v “Negocio con mostrador, donde se venden bebidas ordinarias y vulgares”.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de los boliches de antes? Nos referimos a un modo de vida. Al lugar donde se socializaba. Un ámbito netamente masculino, en un sociedad conservadora, con roles perfectamente delimitados entre el hombre y la mujer. A esta le cabía el de ama de casa o el de hija y si se preciaba de ser decente, su presencia en el boliche solo se justificaba para ir a buscar a su pareja o a su padre. Diferente ocurría con el varón joven, pues su asistencia al boliche estaba permitida y avalada por el aprendizaje –discutible o no- que implicaba su estancia allí.

El boliche era, por lo tanto, el lugar de encuentro de amigos para pasar un rato hablando, jugando a las cartas o “tomarse una”. Allí se reunía “la barra” o simplemente se entraba de pasada. Los temas sobre los que se hablaban eran variados: el barrio y su gente, mujeres, política, fútbol, el amor, la vida y afines. En el boliche no había jerarquías, se oía a todos y todos recibían la misma atención de los demás. El mostrador aunaba e igualaba a esas personas. Así, el boliche se transforma en un ámbito democrático. La copa, sin entrar en el alcoholismo, es un rito en ese lugar, al igual que el mate.

A lo largo del día el boliche recibía diferentes clientes. Cada uno “paraba”, generalmente a la misma hora, aunque no lo hiciera todos los días. Estaban aquellos que en horas de trabajo se daban una vueltita para tomarse una y seguir y los que terminada su actividad, buscaban el momento de distensión. Así el lugar se puebla de una fauna muy particular, donde algunos se transforman en arquetipos de los asistentes al boliche. No podemos olvidar al bolichero, el dueño del lugar. Estaba el que se quedaba atrás del mostrador controlando y manejando la caja  y aquel otro que dejaba el mostrador para mezclarse con sus clientes, sabía  lo que consumían, compartía conversaciones y  juegos.

Pero ese ambiente despierta también nostalgias, porque ese momento de felicidad, de intercambio entre amigos es un tiempo fuera del tiempo. Ese mundo  desaparece al cruzar la puerta, al salir a la realidad y eso ocasiona tristeza. Y cuando ese ambiente se pierde totalmente con el paso del tiempo real, surge la melancolía.

Creo que la mejor forma de definir al boliche, de traerlo a nuestro presente es a través de autores que lo han tomado como tema de su creación. Una aclaración, si bien en Buenos Aires predominaba “el cafetín” y “la taberna”, podemos traer a colación versos tangueros que hacen referencia a ellos, pero que bien pueden aplicarse al boliche.

El boliche uruguayo se inmortalizó a través de Juceca -Julio César Castro –, con humor e ironía. El boliche “El resorte” nace con Don Verídico en  1962, como libretos de radio. Indudablemente, Juceca ha continuado la vertiente de lo que podríamos denominar “narrativa oral”, cultivada por Francisco (Paco) Espínola, José María Obaldía y Juan Capagorry.

Entre los elementos vitales que deben estar en un cuento además de la trama y los personajes, es el punto de vista del  cuentista o “cuentero”. Ahí aparece Don Verídico.  Salvador Puig dice al respecto:  “…no hay que olvidar que en todo tiempo y lugar el autor de los cuentos es ese viejo zafado, ingenuo, contumaz, mentiroso y en ocasiones metafísico”.

Juceca crea a Don Verídico como su alter ego, para poder hablar a través de él. El nombre que le elige, acompañado de “Don”, un tratamiento de respeto en el medio rural, parece querer reafirmar la veracidad de los absurdos que contienen sus historias. Su nombre se contrapone a su actitud, lo presenta  paradójicamente, pues es un viejo mentiroso, todo lo que dice es exactamente opuesto a lo que en general se considera verdadero.

Los cuentos, en cada cultura, tienen como objetivo: enseñar, explicar o simplemente  entretener,  son parte de la tradición oral.  La tradición surge de lo popular. Pero en la obra de Juceca  es él mismo quien crea la tradición, una tradición “con disparates y exageraciones, pero sin héroes ni grandes leyendas”.

Esta tradición jucequeana, es producto de dos cualidades de este autor: por un lado su observación aguda de la realidad y por otro, su nutrida imaginación que recrea un universo de fantasías. Indudablemente, ha tomado elementos de la realidad, pero los ha puesto al servicio de su imaginación. Ha creado una tradición y un estilo.

El resorte: ¿un boliche como tantos?

A esta pregunta respondería que sí y que no. Si bien tiene características de Pulpería, de boliche rural, “El resorte” tiene puntos de contacto con el boliche tradicional, por ejemplo: tiene sus “habitués”. Este boliche tan singular, reaparece en cada cuento con su “elenco estable”-como lo llama su autor- El Tape Olmedo, La Duvija,  el Pardo Santiago, Azulejo Verdoso, Rosadito Verdoso, a los que se suman otros personajes ocasionales con nombres tan insólitos como hilarantes. No nos olvidemos del barcino.

¡¿Qué boliche no tiene gato?! Este animal llega a adquirir en algunos cuentos características humanas.

Todos estos personajes conviven en “El resorte”, pero no disputan el papel protagónico, pues todos son protagonistas.

Otra coincidencia que lo inserta en esa realidad conocida de los boliches y a la que nos referíamos anteriormente es la bebida. “Boliche sin bebida no tengo visto” y ella está muy presente en el vino y la caña que consumen los personajes.

Si bien “El resorte” tiene cosas que lo asemejan a los boliches tradicionales, se separa de ellos en

algunos aspectos. En primer término la presencia de la mujer, a través de La Duvija. El ingreso de lo femenino en un ámbito netamente masculino. No existen por parte de autor o del lector cuestionamientos morales con respecto a ella. La más fiel caracterización de este personaje la hace su creador: “buena amiga, muy buena compañera, toma copas, es muy solidaria, siempre está ahí. Y por lo general se enamora del forastero.[…] Ella  es la mujer solidaria, pero al mismo tiempo enamoradiza”

Es ella, en la mayoría de los casos, quien incita a través de una pregunta al recién llegado para que cuente su problema con la intención de ayudar. En segundo término, la otra diferencia se produce por la ausencia de bolichero. Nadie en especial atiende el bar, cualquiera de los que conforman “el elenco estable” dentro de ese boliche acerca las copas, pica el fiambre.  No hay una caja registradora, no hay quien cobre, tampoco quien pague. Los personajes consumen en una suerte de lugar mágico, donde todo ya está desde antes y si algo se acaba, por ejemplo el vino, serán los propios personajes quienes se encarguen de reponerlo.

“El resorte”, como lo define su propio creador “Es un boliche medio fantasmal porque no tiene ubicación geográfica permanente. Yo nunca supe si está en la orilla del pueblo, en medio del campo o en el pueblo mismo.”

Esta ausencia de ubicación espacial y temporal precisa, universaliza a este boliche. El Resorte es un boliche que surge de la imaginación de Juceca, para su creación se ha basado en su conocimiento de la realidad: “yo mismo -dice Juceca- soy un tipo de mostrador”.

“El resorte”, pero a su vez tiene un poco de todos los boliches del interior y también de ese Montevideo de los 60 y 70. Tiene el mostrador, los tipos humanos que lo pueblan, en fin, es el espacio, donde se resuelven todos los problemas con la sabiduría de boliche.

Algo más lo acerca a lo tradicional. Es que “El resorte” a pesar de no tener una ubicación física concreta, está allí. Será el lugar de referencia para los otros personajes cuando: precisen algo, tengan que resolver un asunto o simplemente recibir un consejo, aunque este sea disparatado y absurdo. Impera la igualdad y la solidaridad, más allá de la broma. Todos opinan y todos son escuchados. El ámbito democrático se instala desde el mostrador, símbolo esencial, que se transforma en “un murallón, donde van a atracar las naves”.

Su autor lo define como un boliche triste, donde nunca ocurre nada y esto en cierta forma es verdad, es como si el tiempo en ese espacio se repitiera monótonamente, la rutina pueblerina pesa sobre estos personajes. Nada acontece allí adentro. No hay mucho para hacer, el aburrimiento de los personajes se transmite a través de sus haceres: el Tape Olmedo saca punta a un palito o friega un corcho contra la botella, la Duvija acaricia al barcino, este se despereza o duerme en la punta del mostrador y el Pardo Santiago mira el vaso de vino con un ojo cerrado.  Sin embargo, ese tiempo que parece detenido en su misma reiteración dentro del boliche, se pone en marcha por la intempestiva presencia de alguien que busca protección o consejo en el boliche. La complicación, la acción entra de afuera, aparece el desconocido que los va a sacudir de la inercia en la que se encuentran. De por sí, ese nuevo personaje, diferente a los de siempre, ya implica una novedad. Así se genera una antítesis entre la monotonía interior y el dinamismo exterior que termina irrumpiendo, rompiendo la rutina y contagiando a los presentes de actividad. Es allí cuando ese espacio deviene en mundo mágico.

Personajes y espacios

En cuanto al espacio, si bien no hay una ubicación geográfica, tampoco se hace necesaria. A través de los personajes y la puntualización de algunos elementos “un rancho, el monte, una laguna, una isla de ucalitos,” logra crear el ambiente, el que se nos hace reconocible porque se enraíza en nuestra realidad, la del Interior del país.

La descripción de paisajes y los elementos u objetos que crean la escenografía de lo rural -cachimba, totora, caballo, palenque- solo se hacen presentes si  son esenciales para la historia o para crear lo absurdo. El ámbito campero se va formando a través de estas escasas referencias y por la alusión a juegos -truco, bochas, taba-  o comidas -puchero, asado– a la superstición y lo folclórico -la luz mala, fantasma, lobisón.-.

Con respecto a “El resorte”, lo que siempre está presente es el mostrador, pero se describen otros objetos, algunos propios del boliche rural: mesa, sillas, fardos, etc. Es común que cuando un personaje entra al boliche, el narrador describa el lugar desde la mirada del recién llegado, es como si nosotros, lectores, entráramos con él.

Hablamos de un ámbito rural, pero hay que aclarar que Juceca era montevideano y toda su experiencia del campo se resumía a sus estadías, de niño, en la casa de un tío, la que quedaba ubicada en Estación Atlántida. En esas temporadas prestó atención a la realidad de ese medio y fundamentalmente demostró ser un excelente observador del hombre. Supo pintar en sus cuentos al hombre de campo, con su idiosincrasia y costumbres; con su accionar  frente a la realidad que es diferente al hombre urbano; con la parquedad característica del paisano que queda impresa en sus participaciones, así como en el diálogo que se estructura de manera muy simple.

La mujer tiene el perfil de la mujer rural,  e encuentra sometida a un ámbito machista. Su lugar es en la casa y debe obediencia a su marido. Pero aún así las mujeres tiene sus veleidades: son respondonas, charlatanas, mandonas, deciden irse con otro y sus maridos pasan, muchas veces, por alto sus acciones inoportunas, por amor o simplemente porque algo intrascendente, pero más importante para ellos, los distrae y dejan pasar la situación.

Recorren sus cuentos seres que, con su diverso bagaje cultural y bajo el lente del absurdo, remedan y amplían las características de lo humano: la solterona, la viuda, el que tiene un oficio y se destaca en él, el fóbico, el celoso, el solitario, el sonámbulo, el cansado…

Los personajes van a ser el eje de sus historias, el resto importa poco.  Son seres comunes y los muestra en situaciones cotidianas, a las que no es necesario adornar. Interesan en sí mismos, de ellos deviene la importancia de la situación en la que se ven envueltos. Pero no se profundiza en su personalidad.  Están apenas delineados. No hay un  trabajo psicológico ni siquiera existe una

descripción física, desconocemos, en este aspecto, todo lo referente a ellos. Salvador Puig ha dicho que lo caricaturesco, en los cuentos de Don Verídico, se extiende sobre los objetos, animales y  personajes. A estos últimos “se le extirpan seriedad, acidez y afán moralizante.”

La vida del “elenco estable” se desenvuelve en el boliche, fuera de él no existen. El boliche es la Duvija, el tape Olmedo, y todos los habitués.

Esa ausencia de complejidad psicológica, los hace simples. Están libres de cualquier maldad o sospecha sobre lo que dicen. Su curiosidad es sana, no hay malicia, las bromas son diabluras y no convocan al enojo, aunque muchas veces esas bromas superen la lógica. No hay reacciones violentas por parte de estos seres frente a la suerte que les ha deparado el destino y en muchos casos tampoco sorpresa. Cuando el personaje se ve enfrentado a una situación que lo supera, que no entiende, busca las respuestas o consejos en “El resorte”. Se dirige allí con una tranquilidad pasmosa o con la rapidez del que viene huyendo o asustado.

El que entra al boliche puede ser conocido o forastero, en este último caso genera mayor expectativa y misterio. El forastero recibe un trato especial en la obra de Juceca, genera cierta desconfianza. Es un personaje sobre el que se cuestionaba el propio autor, cuestionamiento que pasa a sus personajes, como por ejemplo cuando el Pardo Santiago pregunta absurdamente “¿Cuánto tiempo necesita un crestiano para dejar de ser forastero, cosa de perderle el rispeto?”

Los protagonistas de los cuentos de Juceca son seres con sentimientos.  Estos afloran ante situaciones tanto absurdas como lógicas para el discurrir de  la historia. Dejan traslucir su sentir a través de palabras o gestos, en especial La Duvija por ser mujer.  Pero los hombres no quedan fuera de esta exteriorización. Las emociones pueden ser provocadas por una situación, por una persona o por objetos. Los nombres de los personajes son desopilantes, surrealistas y ya de por sí generan humor. Hay algunos más logrados que otros, en especial aquellos en que el autor juega con las palabras creando el absurdo en el significado final del enunciado. Otras veces el juego de palabras y el humor surge de la descripción de su filiación. “Al que ha visto helicóptero no hay volátil que lo impresione. Pechito Molar: hijo del viejo Molar que nació en La Boca.”

En algunos cuentos los personajes no son personas. Las cosas inanimadas o abstractas como el frío adoptan el protagonismo de la acción. Los personajes jucequeanos son peculiares, pero reconocibles, se insertan en el Interior de nuestro país. Son “Pequeños y extraños seres que construyen sus vidas en un paraje sin nombre, en un pueblo innominado, quizás porque representa a todos los pueblos, o quizás, simplemente, porque son los olvidados. Su único punto de referencia es el boliche “El resorte”.

La singularidad del mundo narrativo jucequeano está dada por la visión absurda que se proyecta sobre él. Juceca ha captado la esencia del paisano y la muestra desde la perspectiva del humor.

FUENTE: Este texto es un fragmento de la ponencia de Alicia Curbelo “Una aproximación a la obra de Julio César Castro”. Versión completa en: http://www.aplu.org.uy/varios/PONENCIAS.pdf

 

Cuentos de Don Verídico / Julio César Castro (Juceca)

 

Fotomontaje de Braulio Paz sobre el cuento "La jirafa"

Fotomontaje de Braulio Paz sobre el cuento "La jirafa"

                                                                                       

LA VACA NO ES BICHO DE ALTURA

Hombre que supo ser asunto serio para contar las películas del biógrafo, ahura que me viene a la memoria, el Pocholo Fomento, casau con Mantecosa Gotera. A la mujer lo conoció a la salida del biógrafo del pueblo, que al Pocholo lo dejaban entrar gratis porque era el que repartía los programas casa por casa, y eso a la muchacha la deslumbró, porque era como si el Pocholo perteneciera a la farándula, como si fuera artista, como quien dice una estrella de cine, que para ser norteamericano lo único que le faltaba era hablar. El Pocholo era un peligro, porque donde caía el Pocholo, ahí el Pocholo se ponía a contar alguna cinta de biógrafo y no había quien lo parara. Y una vuelta el Pocholo cayó por el boliche El Resorte, pidió una gaseosa, le sirvieron una cañita, y al primer trago ya arrancó a contar. Como era la primera vez, la gente del boliche lo respetó y algunos hasta se interesaron, en especial la Duvija, porque para ella los artistas eran una cosa soñada como adelgazar comiendo de todo. Y el Pocholo contó una de aventuras, del biógrafo catástrofe, que según él, traducida al castellano se llamaba “No dejemos que abuelita se suba al techo”. Cuando le preguntaron cómo era, él contó:
– Se trata de una vaca holandesa que la llevan pa un concurso de café cortado y con espumita, pero en los cuernos de la vaca llevan un contrabando de diamantes y los agarra una tormenta a trescientos mil metros de altura.
– ¿Cuántos metros dijo el señor?.
– Pongalé mil y pico. La cosa es que los agarra bruta tormenta, y la azafata se pelea con el piloto porque le encuentra una foto de la mujer y los nenes, y pa vengarse le afloja un tornillo al avión, y cuando les pasa un rayo cerquita se le cae un ala y la vaca se pone nerviosa por el zarandeo y porque se apuna, porque la vaca no es bichito de altura. Ahí el avión se llena de pánico hasta los topes y la gente grita mientras una monja reza, un nene muerde un osito hasta que el osito lo muerde al nene, y aparecen unos músicos y tocan el viejo tema “Agarrate Catalina que vamos a galopar”, de un recordado autor anónimo de grandes éxitos.
En el Resorte había una calma chicha, de las que asustan porque son señales de que la cosa se viene. Y el Pocholo siguió contando que la vaca se mareaba, y que en una sacó la cabeza por una ventanilla y desde una avioneta le manotearon los cuernos con los diamantes, y de repente se le entreveró con otra película y resulta que la vaca era un espía ecuatoriano disfrazado para matar a Robert de Niro que era una viejita que vivía en un sótano con un sobrino de Superman que había sido piloto de un Jumbo 707 en la primera guerra mundial. Y hasta ahí nomás lo dejaron contar, porque Rosadito Verdoso le reventó un par de higos en la frente, lo sacaron para fuera y se acabó la función. Después, el tape Olmedo comentaba.
– Se lo merecía, porque los animalitos vacunos no son pa juguete.
El fumigador, que había llegado a pedir un vaso de agua porque era la hora de la pastilla, agregó:
– Y los aeroplanos tampoco.
FIN
Soledad Medina y Nicole Boutrón ilustraron el cuento "El matero"
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Ilustración del cuento "Uno con ruedas" hecha por Carolina Cano y Lucía Flores

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Collage de Pamela Martínez, sobre el Boliche EL RESORTE

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En la cuadernola de Sebastián Rodríguez, quedaron estos trazos sobre "Pollo ecológico"

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Boliche EL RESORTE, según Celia Sanchis, Florencia Portillo y Lucía Pérez

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