Introducción a Esquilo

En estos apuntes tomados del libro de Gilbert Murray titulado, precisamente, “Esquilo”, tendrás la posibilidad de  comprender la importancia que tuvo el mencionado dramaturgo en el proceso de evolución, desde el ditirambo, hacia la tragedia:

Esquilo es el creador de la tragedia, no porque no haya existido tragedia antes de él, sino porque dio forma a o que hoy llamamos tragedia.

Según Aristóteles, la comedia es una canción orgiástica. Normalmente termina en un kômos o fiesta de bodas. La tragedia termina con una muerte o catástrofe. Ambas formas son partes del ritual prehistórico del Demonio del Año o Espíritu de la Vegetación: la comedia representa su triunfo (el matrimonio) y la tragedia su derrota y su muerte, con una sugerencia de renacimiento ulterior.

Agrega Aristóteles que la comedia es una mimesis o representación de personas “más bajas” que nosotros y la tragedia lo es de personas superiores o más nobles. La comedia era parecida a lo que llamamos farsa, una algazara o espectáculo alegre. En la tragedia los personajes enfrentan la muerte, y no una muerte vulgar, sino un sacrificio. La muerte, para rendir su pleno valor en arte, requiere heroísmo o alguna cualidad del alma que pueda vencerla.

Otras culturas han preferido dar finales felices a las peores facetas de la vida. Pero los griegos del siglo V A.C. estaban prontos a mirar de frente a sus más espantosas posibilidades y mostrar, al final, no la derrota sino la victoria del espíritu del hombre sobre las fuerzas que lo circundan.

Dice Eurípides en “Medea”: “¿Por qué derrochan su música los viejos bardos en las fiestas y ocasiones de regocijo? Cuando los hombres son felices no necesitan poesía, y, a decir verdad, no le prestan mucho oído. Pero toda la tiniebla y el mal, las rápidas muertes y las cosas oscuras y dolorosas… ¿cómo no aliviarlas con una canción y con la música de mil cuerdas? Entonces la canción nos ha ayudado en nuestra penuria”.

Esto es tragedia: el canto o ficción referido a “rápidas muertes y oscuras cosas dolorosas” y que nos brinda una revelación, o quizás la ilusión de que hay otros valores accesibles al hombre, más allá de la vida o la muerte, la felicidad o el sufrimiento, y que, al alcanzarlos, el espíritu del hombre puede vencer y vence a la muerte. Esquilo es el creador de la tragedia así entendida.

 

Esquilo nació en el año 524 antes de Cristo, en el 458 representó “La Orestíada”; murió en el 456.

 

La skênographia (pintura de escena) fue introducida por Sófocles, pero fue utilizada por Esquilo en “La Orestíada”. No buscaba efectos escenográficos sino que era el fondo del escenario: el efecto del drama se centraba en las palabras. La sôphrosynê (moderación) implicaba sobriedad también en el uso de los decorados y eludir el uso de las máquinas, al punto de que cuando Eurípides las introdujo fue blanco de bromas. Sin embargo Esquilo usaba las mêchanai con más audacia que Eurípides: mostraba a Zeus pesando almas o destinos, en tanto otros personajes flotaban alrededor o un dios descendía a llevarse un alma; en ocasiones el coro entraba volando.

Esquilo no regateaba gente en escena: en alguna obra puso ejércitos que se enfrentaban y también se caracterizó por vestir a los actores con rica y variada indumentaria. En algunas obras la disposición escenográfica fue convencional pero en otras, aunque esto no está confirmado, Esquilo hizo representar colinas en plena platea. El lenguaje de sus obras es poético.

Su gran mérito consiste en mostrarnos a los personajes enfrentarse a los dramas de su vida; hacerle sentir al espectador lo que significa tomar una ciudad y arrasarla, matar a una hija, odiar a un marido al punto de matarlo o sentirse arrastrado a un acto tan horrible como asesinar a la propia madre.

 

Sobre la misión de Orestes: En ninguna parte se acusa a Orestes de ferocidad o de ceder a violentas pasiones. Tiene una deuda de sangre, un deber penoso. El vengador debía vivir sólo para cumplir con ese deber de destruir al culpable, aunque eso implicara privaciones, correr peligro, o sacrificar todos los placeres de la vida, hasta salvar el honor de la víctima. Dejar de cumplir este deber no era considerado en la Antigüedad un acto de caridad con respecto al asesino, sino una falta de piedad y de consideración para con la víctima.

Eso es Diké (justicia): la sangre reclama sangre; el agraviado clama por justicia. Es la ley inevitable y las furias son la personificación de esas plegarias para que se castigue a los malos.

Zeus le trazó al hombre un camino para llegar al pensamiento, que estableció el poder de aprender con el sufrimiento. Eso sí: cuando un hombre se entrega a la voluntad de Zeus debe ser respetado. Por eso su voluntad decide en el juicio a Orestes que se lo absuelva, algo que se concreta a través de Atenea. Esta concepción de que Dios está por encima de la ley y por ello puede perdonar, es la gran contribución hecha por los griegos a la religión europea.

Las erinias se convierten en euménides porque abandonan su exigencia de un funcionamiento puramente mecánico de la ley y aceptan el principio de Atenea de que no sólo debe tenerse en cuenta el hecho mismo, sino todo lo que ha causado o rodeado el hecho. Dejan de ser ley ciega para pensar, sentir y buscar verdadera justicia. Se trata entonces de un tema siempre vigente para el género humano.

 

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