De cuyo nombre no quiero acordarme…

Hoy, 13 de julio de 2008, hace 20 años de un llanto angustiado que se desató por la noche, en un ómnibus de la empresa Sabelín, que me traía de regreso desde Montevideo, donde en el Instituto de Profesores “Artigas” había rendido mi último examen de la carrera de Profesorado de Literatura. Creo que no debe haber estudiante terciario que no las haya pasado y también acepto que es parte del aprendizaje y de la formación que, hasta ser como el junco, tienen que ir forjándose los futuros profesionales. Aprender a adaptarse, resistir, soportar el empellón pero no quebrarse, es toda una enseñanza. Lo triste es que quienes nos dispensan esas enormes oportunidades de crecernos no lo hacen justamente desde ese lugar, sino, a menudo, desde una actitud soberbia, desconsiderada y hostil, que puede llegar más a quebrar, que a enseñar a ceder tan sólo lo necesario. Ese llanto incesante, ahogado, había estado largamente contenido, porque se había empezado a gestar cuando un día, por primera vez, perdí un examen.
Todos cuantos lean esta anécdota y, a la vez, hayan hecho su carrera como estudiantes libres, comprenderán perfectamente lo que significa buscar durante –promedialmente—un año y medio el material necesario para poder rendir un examen. Hoy día, con internet, otra hubiera sido la historia. Pero cuando yo estudiaba lo único que podíamos hacer era leer y releer las fichas y el índice de nuestra Biblioteca Municipal, que poco tenía para proveernos; rascar los bolsillos y usar hasta la última moneda en casas de libros usados de Montevideo –que nos deparaban auténticos tesoros, de entre los cuales tendríamos que elegir cuál nos resultaba más urgentemente necesario–, y recurrir a algún otro estudiante, a menudo radicado en otro punto del país, con quien compartíamos, vía correo, fotocopias de todo lo que nos cayera en las manos. Cuando se tenía la recopilación completa y se había estudiado, era el momento de averiguar en el IFD qué fecha había en el IPA para rendir, y allá marchábamos. No teníamos tutores, asesores, profesores orientadores, ni nada. A pura garra y corazón… y muchas, muchísimas horas de “sentada”. Un día, en las mismas condiciones de toda la vida –es decir habiendo estudiado el programa completo con la mayor profundidad que me permitiera el material obtenido–, di Literatura General de segundo año. Un escrito como tantos, un oral como de costumbre. Pero al recibir el resultado, una profesora que por muchísimos años identifiqué pero que ahora hace otros cuantos no logro –se ve que no quiero—recordar, me hizo una “devolución” de lo que había sido mi examen, que podemos sintetizar de la siguiente manera: “No sé ni cómo alguien como tú (esa era yo), que no tiene ni idea de dónde está parada, que no sabe nada, que no tiene ni las condiciones mínimas para la Literatura, ha llegado hasta aquí, ni sé cómo tuviste el coraje de presentarte a dar un examen”. La mujer fue contundente y me recomendó, lisa y llanamente, que dejara la carrera porque lo único que podría hacer sería pasar vergüenza. Volví muy mal, obviamente. Y había pensado hacerle caso. Pero, un día, por esas causalidades de la vida, la profesora Lérida Bochard fue a llevar a arreglar una guitarra a mi casa. Mi padre le contó lo que me había pasado y ella quiso hablar conmigo. Le relaté los detalles y de inmediato me explicó el concepto que ella tenía de mi desempeño –yo había sido alumna de Miguel Ángel Pías, pero ella integraba los tribunales de examen de Bachillerato–. Y Dios quiso que le creyera más a ella y que aceptara su generoso ofrecimiento de estudiar juntas. Su excusa fue que tenía que renovar autores del programa y que sería un placer hacerlo acompañada. Yo sé que fue su enorme generosidad la que la movió a ocuparse de mí. Desde entonces volví a la carrera. No perdí nunca más un examen; al contrario, salvaba con muy buenas notas. Pero no podía reponerme del ataque de aquella mujer. Llegó el momento de volver a dar General de segundo. Y me tocó el mismo tribunal. También salieron sorteados los mismos autores, todo por culpa de las causalidades de las que hablábamos. Por supuesto que ella, la presidenta de la Mesa, no me recordaba. Yo apenas era una integrante de ese grupo “identificado” como “la gente del Interior”. Por supuesto que fue mejor, porque en caso contrario le hubiese dado pudor felicitarme enfáticamente al terminar mi oral y decirme que siguiera adelante porque tenía grandes condiciones. Lo cierto es que de todos modos, cada vez que iba a pasar a un oral, solamente a partir de aquella ocasión que da origen a este relato, parecía que me iba a morir: quedaba pálida, me moría de nervios, tenía una transpiración fría… Si me hubiese sucedido hoy quizá me diagnosticaban ataques de pánico. Acumulaba y acumulaba angustia, de manera tal que ni cuando me recibí, dando dos materias en dos días consecutivos y aprobándolas con la nota máxima y felicitaciones, me pude curar. Lo único que pude hacer fue salir como disparada a refugiarme en la oscuridad de los asientos del ómnibus y llorar toda la angustia que tan inesperada pedagoga me vino a generar muy a pesar mío. Luego vino el tiempo de las consabidas pesadillas; de despertarme a medianoche porque soñaba que iba al Instituto a pedir una constancia de egresada y me decían que debía una materia… Y un día, cuando ya habían pasado muchos años, me dije: “Pero pensar que volví, vi y vencí… fue algo bueno”. Y hasta me sonreí, contenta. Por supuesto que he tratado en estos 20 años de no hacer lo mismo. Ojalá que los errores que cometo diariamente sean, aunque más no sea, un poco menos graves.

3 comentarios sobre “De cuyo nombre no quiero acordarme…

  1. Cuando yo estudiaba en el IPA “veía” esa situación de los alumnos del interior y me sentía una privilegiada.Ahora que vos contás esto dimensiono el hecho aún mejor. La batalla costó pero aquí estás,docente y de las buenas.
    abrazo!

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  2. Muy buena la anécdota. Espero que tus alumnos lean la misma para que aprecien la sensibilidad de su profesora.
    En otra oportunidad les contaré alguna de mis anécdotas.
    Cariños

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  3. A mí me pasó casi lo mismo que a vos, pero en Inglés. Fue cuando me bocharon en un examen con dos temas en los que saqué 7 y 8 (Historia de la Civilización Británica I), porque en el oral nombré a un autor, que estaba en la bibliografía , pero que al presidente de la mesa no le gustaba. Me trató de racista porque yo había estudiado de ahí. El tema es que estudiábamos en lo que encontrábamos, solos y siguiendo la bibliografía del programa. Me dijo que ellos cambiaban esa bibliografía en sus adaptaciones de los programas, y que : “¿qué te creés?¿que por ser del interior no necesitás de Montevideo?”¡¡¡ Me defendí como pude pero perdí el examen igual!!! Finalmente abandoné la idea de seguir la carrera en calidad de libre. Llegué a terminar 3º (dejando Historia para atrás) hasta que obviamente no pude entrar a 4º.
    Ese tipo de docentes, aunque no lo crean, lo marcan a uno; y si no fuera porque llevamos la docencia en el alma, no le veríamos el lado bueno. En este caso sirvió para saber que lo que le decimos a un alumno no se le borra jamás de la memoria!!! Un abrazo Rossana!! Me encantó tu blog!!!

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